-Nadie mata por dinero, sino por desesperación- oirse diciéndolo era casi una manera de librarse de la culpa, una excusa sin contra-argumentos. Simplemente lógico y verdadero.

El atraco lo había hecho la noche anterior, no fue difícil porque la víctima era un anciano solitario y seguro que nadie lo quería porque la noticia de su muerte circuló en los periódicos hasta dos días después.

Lo cierto es que no esperaba que lo atraparan, el año pasado su vecino “El Tuercas” le había metido dos balazos a un universitario que se rehusó a darle su teléfono. Podía estar en la parte más podrida de la ciudad pero su ventaja más grande es que ni los cerdos se atrevían a pararse ahí.

No, eso no le preocupaba en absoluto.Lo que le estaba comiendo los sesos era lo que haría con el cuepo decrépito descomponiéndose en su congelador.

Todo se había salido de control. Cuando había enterrado el cuchillo en la carne de ese viejo, sintió el crujir de los huesos y vió caer una fuente de sangre en sus zapatos, supo que había hecho lo inimaginable.

Más inimaginable que nadie se diera cuenta que llevaba ese pequeño pero pesado cuerpo hasta su casa. Quizá lo vieron, quizá no, pero a nadie le importó.

Miraba constantemente por la ventana, las calles estaban vacías y el viento azotaba a los árboles dándole a la escena un toque siniestro. Ideo toda clase de planes sin sentido, ahora todo ese dinero no parecía gran cosa, sabía que pronto necesitaría más.

Se recostó en el sillón, mirando el congelador de reojo. Pensando en el recuento de los hechos e hilando soluciones imaginarias.

Nada sucedió como debía hacerse, porque se suponía que se viejo no estaría en casa y tampoco debía haberse aferrado tanto a proteger su pequeña e insignificante fortuna, aún cuando el cuchillo estaba a tres centímetros de su estómago no quizo ceder ni soltar ninguna de sus pertenencias y aún en la agonía seguía haciendo esfuerzos estúpidos por aferrarse a ellas.

-Ese viejo se lo buscó él solo - se dijo para sus adentros asegurando el argumento más sólido e irreprochable. Se incorporó rápidamente y comenzó a reír para sus adentros. Primero una mueca pensativa, luego asomaron los dientes y por fin, la garganta bien abierta y resonante , los ojos le lloraban de tanto esfuerzo.Había encontrado la solución, la más perversa e irrefutable.

Esa noche durmió tan profundamente como no recordara antes, sentía que había reestablecido todas sus energías, lo que había sucedido ya no le causaba estragos en la memoria.

Se aseo y preparó tan meticulosamente, se puso el uniforme que tan celosamente había conservado luego de perder todo en las apuestas.

Con gorro, mandil y botas tan perfectamente blancas e impolutas, bajó al recibidor cándido e inocente, corrió las cortina de metal y abrió puertas y ventanas.Afiló los cuchillos y los ordenó sobre la tabla con una precisión y calma casi quirúrgicas.

Suspiró profundamente, sonrió y se dio tres palmadas en el pecho. Se dirigió a la puerta y colocó en el pomo el letrero que decía en letras bien grandes:

“Carnicería. Abierto.Pase ud.”