El día que se marchó del pueblo, incluso pateó al viejo perro que yacía bajo la sombra de la parada de autobuses. Ni las miradas suplicantes de las mujeres, mermó sus fuerzas para cargar las pesadas maletas.
No miró atrás nunca y jamás bajó la cabeza, no pestañeó ni ante los agudos sollozos del inocente canino.
La furia invadió sus ser el día que derribaron el último árbol del parque. Diez hombres habían llegado con hachas y machetes, armados para destruir el vetusto monumento viviente que había visto a su abuelo, al padre de su abuelo, que vio a su padre y que lo miró al él mientras se convertía en un hombre.
Se interpuso en el camino, cuando Rodrigo su antiguo compañero de escuela, estaba a punto de dar el primer hachazo. Le tembló todo el cuerpo y un frio sudor recorrió su cuerpo ante la mínima posibilidad de perder un brazo en su solitaria batalla.
Todos los hombres se rieron de él. Mientras se aferraba al enorme árbol, buscaba comprensión en los ojos de esos hombres,pero solo encontró burlas y desazón. Lloró como nunca lo había hecho, mientras lo sacaban a rastras y lo echaban a patadas.
Fue tan duro para él escuchar el temblor seco del gigante. Algo dentro de el se rompió en filosos pedazos, la sangre le subía a la cabeza y le reventaba en las sienes.
Corrió con todas sus fuerzas, fue a buscar comprensión en su hogar. Las mujeres estaban lavando ropa y su padre atizaba el fuego del horno. Su cara estaba empapada en sudor y la respiración le faltaba, pensaba que se desamayaría en segundos.
Lo hicieron sentarse y le aventaron aire con las manos, con angustia le preguntaron lo que le había pasado, él tomo sus fuerzas últimas para explicar el acto inhumano y atroz que había presenciado.
Todos se quedaron en silencio. El padre fue el primero en asestar el primer golpe, le dijo que era algo sin importancia, que de no haber estado ocupado incluso habría ido a contribuir con los demás hombres para poder quedarse con una buena parte de esa valiosa madera. La madre dio el segundo golpe, dijo que el gobernador municipal había convencido a todos de aceptar la propuesta para poner un centro social en lugar de ese nido de vagabundos, pandilleros y roedores. Sus hermanas regresaron silenciosamente a sus ocupaciones, sabían que era imposible confortar a su hermano, porque igual las cosas ya estaban hechas.
Los vellos de su piel se erizaron como los de un gato, su mirada se hinchó de ira, sentía nauseas y un nudo en la garganta. Se levantó de la mesa, tirando todo a su paso y corrió a su habitación.
Empacaba y destruía, pateaba todo lo que se interponía en su camino, gritaba de rabia mientras sus puños chocaban contra la pared.
Tomó todos sus ahorros, y sin mirar atrás salió de su casa, se dirigió a la parada de autobuses y compró un boleto al destino más lejano que pudo conseguir con su presupuesto. Su madre y hermanas lo habían seguido, pensando que podría hacer alguna locura en el camino, se angustiaron incluso más, cuando lo miraron tan decidido a marcharse.
En la parada de autobuses intentaron detenerlo y hacerlo entrar en razón, pero en el fondo de sus corazones, solo querían decirle “que era algo tonto hacer tanto escándalo por un árbol que igualmente, tarde o temprano se iba a caer de tan viejo”, pero no dijeron nada e internamente rezaban para que Dios pudiera hacerlo entrar en razón.
Por fin llegó el tiempo de marcharse, el joven e indignado hombre, tembló ante la idea de que estaba por realizar un viaje sin retorno, le atacaron mil dudas del futuro. La madre se aferró por última vez a su mano, y él no quizo encontrarse con sus ojos por temor a que éstos lo convencieran de abandonar sus intenciones de marcharse. Así que simplemente desató los pequeños dedos que lo asían con desesperación y subió lo más rápido que pudo al autobús.
Tomo su asiento y sintió que las piernas ya no le respondían, miró a través de la ventana y a lo lejos distinguió la silueta de su padre oculto detrás de un poste, con la inescrutable mirada de un hombre orgulloso y lleno de dignidad, lo saludó con un leve movimiento de cabeza, dió tres palmadas al aire y se marchó dando la espalda a ese muchacho que había renunciado a todo por un árbol.
El joven hombre, de pronto se sintió un niño de nuevo, se cubrió el rostro y lloró en silencio mientras arrancaba el motor del autobús. Miró por última vez a sus madre y hermanas, y ellas lo santiguaron desde la distancia.
Mientras avanzaba en el camino, miró en el camino tantos árboles y veredas verdes. En sus contemplaciones, mentalmente agradeció a la Madre Tierra por ese bendito ser que había concluido su ciclo en el Universo y le había permitido por fin, encontrar el valor de buscar su libertad.