En sueños viajo a lugares lejanos de infinitas posibilidades.
Un lugar oculto para los esclavos del tiempo y materia pero abierto para todo lo que la palabra imposible excluye de su regazo.
En las profundas raíces de un árbol tan antiguo como la Idea, late el corazón de un niño solitario y feliz.
Su hogar yace en las estrellas, donde ellas ya han desaparecido hace miles de años.
No pertenece a la Tierra ni a los sueños. Existe cuando se le nombra, y desaparece en la última sílaba.
No es espíritu ni esencia, es impulso eléctrico. Espera pacientemente y salta entre las risas y las cosquillas infantiles. Libre, libera.
No puede ser invocado ni por adultos ni por niños, el encuentra y llama a quienes creen sin esforzarse por creer, y a quienes la desventaja de esta situación soñadora los ha llevado al abandono (acaso, desconocimiento [?]) de si mismos. Ofrece segundas oportunidades.
Para ser admitido en sus dominios, es esencial encontrar la semilla de la amargura que duerme dentro.
En la Tierra Prometida, ÉL arranca flores y maleza por igual, escarba profundamente hasta encontrar y deshacerse de esa semilla durmiente y pretendidamente inactiva y susceptible de abrirse con el tiempo, la edad o las experiencias.
No dudar, no temer, ser leal, no dejar que la tristeza invada los pensamientos y mucho menos el corazón; así se vive el infinito.
Lugar sagrado y salvaje, donde la inocencia tiene rostro de picadía, su magia se revela en los últimos segundos de un sueño antes de ser consumido por la conciencia y la lucidez.Lugar donde habitan las estrellas que aunque llenas de luz, ya han muerto.