Han pasado años desde la última vez que volví a mirarme al espejo. El ámplio espectro de mi apariencia se reduce a cuatro flácidas extremidades, ellas me levantan de la cama y así mismo me recuestan en ella.

Si hoy me mirara al espejo, igualmente no reconocería mas que manchas donde debería haber ojos, nariz y boca. Hace tantos años dejé ya de comprar lentes.

No recuerdo el momento en que logré convencerme que ya nada valía la pena contemplar. Tampoco he vuelto a abrir ningun libro.

La comida es un tema aparte. Estos dientes ya no mastican igual, pero quizá ese no sea el problema principal, sino que esa máquina gástrica ha dejado de funcionar correctamente. Miro la misma comida a diario, y la como sin saber reconocer si su sabor es diferente de ayer, incluso el plato es el mismo, a veces olvido si he comido algo ese día. No me preocupa del todo, no es que yo tuviera especial afición a la comida, por eso, lo dejo ser.

Ya nadie me escribe y si alguien lo hiciera ya no podría leerlo, y ya nadie habla porque dejé de contestar el teléfono, de pagarlo y por último de procurarlo. Esa máquina que hacía convencer a todos que las distancias se acortaban, cuando en realidad, hacían conformarse a todos de la ilusión de presencia, cuando al final nos convertimos en dioses omnipresentes…siempre llegando tarde, sin el dulce placer de poder leer jamás el momento adecuado,sin la imprevisibilidad del destino… con el capricho del ahora mismo, a merced de nuestro placer…a un botón de distancia.

Ya no se reconocer si la ropa es vieja o no, pero seguramente está pasada de moda. Es bueno saber que al fin pude librarme de una gran incorfomidad, la de ser adivinado a través de lo que usaba sobre mi cuerpo. Ahora ya solo soy decrépito, apesto, camino lento, veo mal,como mal, me visto como solo un viejo suele hacerlo. Solo un cuerpo en descomposición permanente.

Ahora solo rezo, porque es la única actividad que me da menos pereza hacer. Pido entendimiento, pero no luz…solo encontrar la respuesta a dos preguntas recurrentes:

  1. Cuándo morí y no me di cuenta.
  2. Por qué sigo aqui sin poder morir.