Franz tocó a la puerta de Jane, esta vez sin ningun pretexto bajo la manga para justificar su presencia en un lugar al que no de hecho no era bienvenido, si bien tampoco era un extraño. Él y Jane habían apretado tantas veces el botón de reinicio que incluso sabían en qué momento aparecer aunque no tuvieran invitación previa.

Se atraían profundamente y era tanto el ardor de sus pasiones encontradas que al poco tiempo de caer en la calma, alguno de ellos sentía obligación de desencadenar el desastre. Esta vez había sido el turno de Franz.

Nada fuera de lo habitual; ira contenida, amorios secretos, el peso de lo cotidiano, cualquier cosa que los hiciera parecer un matrimonio, la palabra tenebrosa. Subidos en el columpio de sus vidas, amor adolescente por diez largos años.

Para Jane, Franz era perfecto pero al mismo tiempo demasiado perfectible, esto último la seducía profundamente e inflaba su ego, no era que quisiera cambiar algo en él, era que que anhelaba tener más sincronización de la que ya compartían. Para Franz, ella era más que perfecta, siempre más bella y elegante que otras mujeres que había conocido en su vida, más inteligente que muchos que lo rodeaban, más valiente, más inalcanzable que cualquiera. Y eran estos detalles que instintivamente lo hacian fallar, saturandose de las inseguridades que ese ser perfecto le producía.

El debate entre el merecimiento, la entrega y el perdón eran cuestiones de debate entre amigos y conocidos, pero solo Franz y Jane sabían darse el momento para cada aspecto, la mayoría de las veces escapando a la lógica de los otros. Si era o no amor lo que les permitía seguir en pie después de tantas batallas era menos relevante porque más que amor había comprensión, la comprensión de algo que la mayoría ignora; sobre la imposibilidad de volver a encontrar a alguien igual por segunda vez.

Las escenas de rompimiento y reconciliación jamás eran novedad para aquel que conociera a alguno de ellos o incluso a ambos, pues el mundo se vuelve más pequeño con el paso del tiempo. Los amigos, solían gastar la misma broma acerca de que era la abstinencia y no el cariño la fuerza más poderosa que podía unirlos, y en cierta forma no estaban equivocados, porque el sexo ciertamente era la línea fonteriza que señalaba el término y el comienzo de su relación. Para Franz y Jane las garantías del cuerpo eran más efectivas que las charlas, por ello se convirtió en el recurso perfecto de comunicación a falta de palabras y según fuera el caso, a exceso de ellas.

La primera vez que Franz intentó propornerle matrimonio a Jane, ella escapó. La primera vez que Jane habló de niños, Franz lo hizo. Y conforme pasaba el tiempo, comenzaron a reservarse los temas delicados para otro momento, aferrandose a su juventud y sueños, aunque mucho de eso se estuviera quedando cada vez más corto. Conforme más pasaba el tiempo, más ganaban las certezas y las esperanzas, pensaban que si sobrevivian un bache podrían sobrevivir otro más, y así era cada vez, y así imaginaron que con el paso del tiempo, sería el tiempo mismo el que se encargaría de poner todo en su lugar, de unirlos, de separarlos y volver a unirlos hasta que cayera la última moneda y decidiera por estadística y no por azar, unirlos eternamente.

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Sam miró a través de la ventana de la cafetería y se emocionó al punto de desmayo al poder encontrar a la única persona que desearía encontrar en una ciudad tan grande. Mientras Jane acomodaba sus cosas para salir, Sam elaboró más de una frase ingeniosa para interceptar a Jane, pero cuando la tuvo de frente no pudo articular ni una sola palabra, por fortuna Jane era una persona poco olvidadiza y nada la ponía más feliz que tener la poco usual fortuna de reconocer personas en la calle. Probablemente había experimentado ese éxtasis 3 veces en su vida y por ello, encontrar a Sam la llenó de una vivacidad que no había experimentado en mucho tiempo.

Hablaron largo y tendido, rieron y recordaron, pero Jane olvidó más de lo que recordaba sobre Sam porque en otro tiempo habría terminado la conversación y habría escapado nuevamente, como el día que Sam le confesó los profundos sentimientos que sentía por ella. Ahora Jane estaba tentando a la suerte, podía ver en los ojos de Sam que esos sentimientos no se habían terminado, y ahora en el calor del momento, parecían más transparentes que casi podían tomar forma , aún así se sentía capaz de controlar la situación, por ello no dudó en tomarse una pausa para averiguar lo que lo que el tiempo y la distancia causa sobre dos personas antes conocidas y ahora casi olvidadas. Si Franz pudiera verla, se reiría de ella y seguramente volverían a pelear como esa misma mañana, pero quizá eso es lo que más la provocaría a buscarlo más tarde,pues Jane sabía que esas risas burlonas y reclamos la volverían a aterrizar en la tierra y Franz era el único que se tomaba esa libertad, mientras que todos a su alrededor actuaban siempre tan condescendientes, aunque ella en el fondo se esforzara tanto por ser contrariada.

Para Sam no era novedad saber de Franz, porque conocía bien los detalles de la relación que compartían el y Jane, no tenía especiales recuerdos de Franz, solo la noción de que era un tipo agradable aunque engreído, tan seguro de que Jane sería suya para siempre, no importando ninguna otra persona o situación, no importando si el no era el tipo más fiel de la relación.Estas pequeñas fisuras en la relación de ambos, en un tiempo pasado le daban confianza a Sam para acercarse a Jane, pero Jane no era Franz y el tema de la fidelidad le incumbía menos siempre que hubiera garantías de que Franz reconocería su superioridad respecto a otras mujeres, y ya que siempre lo hacía no tenía interés en saber qué más podía ocultarle.

Para Sam, enamorarse de Jane fue más una debilidad que un lujo. El día que le confesó sus profundos sentimientos sabía lo que ella diría, incluso la condescendencia con que lo haría y quizá no esperó que Jane terminaría por dejar de hablarle y romper la relación de amistad, pero incluso despues de tantos años no la culpaba y tampoco le reprochaba su inmadurez. Para Sam, Jane era un amor imposible pero retador, una astilla en el cuerpo que le recordaba lo fácil que es engrandecer a una persona que no “vale tanto la pena”, Jane le ofrecía a Sam una seguridad irremplazable, seguro era que le diría que no, también era seguro que a propósito y por cierto sentido de moralidad elegiría no recordar ni hablar sobre lo sucedido en el pasado, seguro que sabría darle palabras hermosas y huecas, seguro era… que Sam era alguien perfectamente sustituible para Jane, y de hecho así era, aunque parte de su encanto era negarse a sí misma esos sentimientos.

Si Jane hubiera sido más abierta de mente el día que Sam se le declaró, habría podido comprender que lo que Sam realmente quería no era una respuesta sino simplemente aceptación. Sam amaba todos los defectos que Jane tenía, y el único defecto que Sam tenía era adorarla al punto extremo de perdonar todas las veces que Jane depreciaba el incondicional amor que le profesaba y continuar insistiendo aunque supiera el indiscutible resultado. Por que Jane solo apreciaba el salvaje amor de Franz, y lo prefería a él aunque Franz no pudiera pronunciar palabras amables cuando hablaba sobre afecto,aunque Franz solo pudiera disculparse o pedir perdón en medio de una borrachera, aunque él solo pudiera reconocer las bondades de ella cuando terminaban y no antes y ni siquiera a un paso antes de caer en el precipicio de lo irreconciliable.

Aún así Jane lo perdonaba, lo mimaba y lo volvía a envolver en sus ropas cálidas, porque Jane era así, una estúpida. Y Sam la amaba con mayor intensidad cada vez que Jane sufría en sus hombros, rezaba por ella todas las noches, pronunciaba su nombre a la Luna y lanzaba hechizos de amor, recorría su silueta de memoria, recordaba su risa y hasta la forma de sus uñas, el olor de su perfume y el aspecto de sus ropas, memorizaba todas las cosas inteligentes que decia, y atesoraba las (pocas) anécdotas que alguna vez le contó, él sabor de los cafés que bebieron lado a lado, las tardes volviéndose noches de tanto platicar, las manos rozando en medio de chistes y risas, los besos de despedida cerca de la comisura de los labios, demasiado cercano y no suficientemente lejos.

Todo eso estaba ahora en los ojos de Sam y también la pesada carga de un fantasma del pasado. Y Jane embelesada recorría cautelosamente las memorias, sintiendose hermosa, fuerte, inteligente y más valiente con cada destello de esos ojos, caminando por las orillas del pozo, deleitándose con el sonido de las piedras tiradas al vacio, asomandose juguetonamente a la oscuridad de sus deseos no sin antes aferrarse fuertemente a Franz.

Mientras caminaba de regreso a casa, Jane se sentía embriagada de amor. Sam siempre hacía eso, podía envenenar el ambiente con su calidez, y a Jane le gustaba tanto eso pero no más que beber agua fresca en un día caluroso. Después de todo, estaba convencida de preferir los sabores amargos y ácidos de Franz, que la llenaban de emociones que solo él podía y tenía permitido provocarle.

En el camino comenzó a preguntarse si en el futuro las cosas podrían permanecer de la misma forma, no le incomodaba la idea de vivir en esa ingravidez. Miró el reloj, eran las 12:30 de la noche, escuchó la puerta y supo de inmediato que era él. Él le sonrió y la besó profunda y apasionadamente, esperó a que ella lo detuviera. En el umbral de la casa, platicaron de libros, películas y canciones, siempre era así después de una gran pelea, más que aliviar las tensiones del momento solían estar de acuerdo en que todas las demás palabras eran inecesarias y absurdas. Ese pequeño mundo lleno de vida e ilusiones, eran las promesas de un amor eterno que sobreviría al tiempo, la distancia y al mismísimo infierno.